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Jubilación anticipada
 
 
Publicado el 20 de marzo de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 
Lo había deslizado hace dos años en una revista, luego en los bonos del DVD de Che, y hace apenas unos meses su amigo Matt Damon lo confirmó a Los Angeles Times. Finalmente, el propio Steven Soderbergh (48) acaba de señalar en público que dejará de dirigir.

Frente a un animado auditorio en la ciudad de Omaha, y acompañado de un entrevistador que lo presentó como “el realizador estadounidense más importante de los últimos 20 años”, el otrora niño maravilla de la movida independiente le contó a la audiencia que ya no va más. Que en los últimos tres años ha rechazado todos los proyectos que le han ofrecido y que colgará los guantes después de terminar una biografía de Liberace, el pianista excéntrico, y una adaptación de la serie sesentera El hombre de Cipol. “Tengo que dar un paso al lado”, dijo el ganador más joven de la historia de Cannes con Sexo, mentiras y video (1989), nominado a dos estatuillas a mejor director en 2001 por Traffic y Erin Brockovich.

Los modos de decir adiós en la industria del cine son diversos, tal como es difusa la frontera entre lo voluntario y lo forzado. En la última edición del Festival de Sundance, sin ir más lejos, el ícono indie Kevin Smith anunció también su partida, y eso que acaba de cumplir 40. En 2009, por otra parte, el veterano Ettore Scola hizo lo propio: no tanto por sus 77 años, sino porque “en la situación actual, hacer una película con un principio, un desarrollo y un final no tiene sentido”.

Eso sí, el caso aquí expuesto tiene más que ver con los modos en que se hacen las cosas en Hollywood donde, al decir de Sydney Pollack, un director es tan bueno como su última película. Y donde el propio Soderbergh dice haberse puesto en la fila para que lo dejaran hacer Un romance peligroso (1998), tras cinco películas seguidas con las que no pasó nada.

Ha habido de todo en la gran industria. La ambición irrefrenable del vienés Erich von Stroheim, por ejemplo, así como su genio complicado y sus atrevimientos en materia sexual llevaron a que los estudios le cerraran las puertas hacia 1930 y se pasara más de un cuarto de siglo anhelando volver a hacer películas como Avaricia mientras se ganaba la vida como actor. Por su parte King Vidor, que empezó de empleado en Universal y llegó a dirigir clásicos como Duelo al sol (1946), advirtió que las oportunidades se acabaron en 1959, tras el escaso eco de Salomón y la reina de Saba. Fue jurado en festivales y hasta recibió un Oscar honorífico en 1979. Pero nuevos rodajes ya no habría. Más trágico fue el caso de Nicholas Ray (Rebelde sin causa), que en los 50 hizo casi una película por año, pero luego caería mal parado en la lógica de las superproducciones: 55 días en Pekín (1963), en cuyo rodaje sufrió un ataque al corazón, fue el final del camino. En adelante, las amistades le consiguieron espacios en la academia para ganarse el pan haciendo clases.

Cabe preguntarse aquí, no sólo qué ha pretendido Soderbergh en su carrera, sino en qué se parece lo suyo a todo lo anterior. He aquí un director que ha bailado con la música que le pongan. Que después de obnubilar a la crítica con los gestos posmodernos de Sexo, mentiras y video se mostró particularmente eficaz en la entretención clásica, como evidencia La gran estafa (2001), y se embarcó en el lamentable remake de Solaris (2002), para no hablar del cine estética y políticamente pretencioso que auspició como productor.

Si se cree en sus dichos, no habría en la industria nada más para él, como no lo ha habido para tantos otros. Pero habría que escucharlo también cuando dice que la “tiranía de la narrativa” estaba empezando a cansarlo, o cuando habla de su recurrente sensación de que ya ha hecho tal escena, que ya ha rodado tal plano. Si ya no hay ganas de descubrir cosas en medio de la rutina, he ahí un problema. Si se trabaja en Hollywood y ya no se quiere contar historias, he ahí otro. Y nada menor.

 
     
 
 
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